09 junio, 2010

Arroz

Hace unos días estuvimos comiendo todos los amigos en casa de Mercè para celebrar unos cumpleaños de grandes y pequeños (creo que lo he comentado en un post anterior) y se hizo arroz caldoso con bogavante, además de aperitivos, embutidos, patatas... yo llevé mi pastel de queso en dos versiones: con frutos del bosque y chocolate, y con nueces y pasas.
En fin, no es el caso, pero además es que últimamente el arroz se me aparece por todas partes y... a mi no me gusta el arroz. Bueno, no me gusta la paella para ser exactos, por que el arroz negro me encanta.
Bueno, mi madre me decía el otro día que no es coherente, que si te gusta el arroz, te gusta de todas formas y yo erre que erre, que no, que a mi la paella me produce naúseas nada más verla, así que me dediqué a investigar en mi subconsciente el por qué de mi aversión a la paella... y la encontré!
Cuando éramos pequeñas, mi tío, que vivía en la Guineueta, nos invitaba de vez en cuando a toda la família a comer algún domingo. Era como una odisea: cinco personas embutidas en un simca 1200 con los asientos de pelo, sudando lo que no está escrito y circulando desde El Prat hasta la Barcelona de hace treinta años: más de una hora para llegar.
Pues nada, que llegábamos a casa de mis tíos y nada más entrar por la puerta me asaltaba un olor a cosas crudas. Yo ni me acercaba a la cocina, prefería ir a jugar con mis primos y su fuerte del lejano oeste. Hasta que un día me entró la curiosidad y me acerqué a la cocina a ver qué estaban haciendo. Sinceramente, era un espectáculo dantesco: una paellera con todos los ingredientes a mogollón en crudo, incluido trozos de conejo, la verdura cruda, los tomates... y hala! el arroz allí intentando cocerse en medio de tal masa de ingredientes. A fuerza de calor iban cogiendo un color negruzco (supongo que producto de las alcachofas) y va mi tía y tira agua FRIA!!! Pecado mortal!
Claro, a la hora de comer, todos nos habíamos agenciado ya nuestra ración de aperitivo y habíamos llenado los estómagos a base de fanta, patatas fritas, ganchitos y trocitos de pan con chorizo del pueblo, por que la perspectiva de comer aquello, es decir, la paella, era mucho peor que andar con indigestión durante unas horas.
Mi madre se partía de la risa recordando esos domingos interminables con mi tía chillándonos a todos: Veeeengaaaa, a comeeeeerrrr!!! y a los críos escondiéndonos debajo de las camas y dentro de los armarios.
Mis tíos volvieron al pueblo unos años después, pero a pesar de que mi madre hace una paella estupenda, nunca he sido capaz de volver a probarla. Prefiero hacerme algo aparte y seguir jugando con el fuerte de indios y vaqueros...

3 comentarios:

sonieta dijo...

jajajaja el que no t'agradava era aquella paella

el meu cunyat sempre diu que no li agrada la sepia (ara no parlarem de la sepia que compra la meva sogra, jajaja) però jo l'he vist menjar-se tan panxo el meu arròs a la cassola -que porta sepia-, però clar... d'un altre tipus ...

jo no en sé fer de paella (propiament dita) però qualsevol dia vens a tastar el meu arròs :-)

a mi em passava una cosa semblant amb les maduixes: (que m'agraden, però no en menjo gairebé mai) les vaig arribar a avorrir perque tot l'estiu, cada diumenge hi havia maduixes amb sucre a casa la meva iaia... buf quina mandra...

besitos wapa

MJ dijo...

a mi tampoco me gusta la paella. Nada. El arroz caldoso y el negro sí lo puedo comer (y lo como), pero la paella me cuesta...

Anónimo dijo...

Yo también me uno al club de los raros. No me gusta la paella. La tengo aborrecida pues cada domingo de pequeña ibamos a casa de los yayos en Sant Boi y venga paella. Yo en mi casa no la hago. Creo que en 6 años mi marido la ha hecho 2 veces. Eso sí, una vez a la semana cae o un rissotto o un arroz caldoso, y en verano ensalada de arroz.
Zeltia

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