El miércoles hará un mes que mi padre y mi tío murieron. Se fueron los dos juntos, sin hacer ruído, sin pre-aviso, juntos como siempre habían estado a pesar de la distancia geográfica que los separaba. Cogidos de la mano.
Cuando estaban juntos todo eran risas, anécdotas, recuerdos de infancia, de adolescencia y luego de juventud, de noviazgo, de hijos, de vacaciones... a veces nosotras les llamábamos el dúo sacapuntas, por que siempre que estaban juntos era todo contar chistes y tonterías de esas que te sacan una sonrisa. Cuando se hicieron mayores (no mucho, ya que han fallecido bastante jóvenes según la esperanza de vida actual) decidieron que no se enfadarían jamás, y así lo hicieron.
Consentían a sus nietos, se llenaban el pecho de orgullo al hablar de sus hijos e hijas, nietos y nietas. Mimaban a sus esposas, las cuidaban, las llenaban de alegría.
Lo echamos mucho de menos, cuando veo a mi hija Claudia riendo, y se le hace ese hoyito en la mejilla, pienso: mira, como papá. O cuando Helena pone esos ojillos de pilla, me acuerdo de cuando nos quería dar alguna sorpresa y no podía aguantarse. Sus ojos delataban lo que venía después.
Mi padre fue un luchador, nos dió valores que quiero creer que hemos asumido como propios. Nos hizo trabajadoras, estudiosas, a llevar la cabeza alta a pesar de las adversidades. Adversidades que él sufrío y que fueron ciertamente muchas en aquellos terribles años de la posguerra, nos enseñó que nuestro patrimonio son nuestros conocimientos, él, que tuvo que aprender a escribir ya de mayor, en casa de un maestro republicano relegado a zapatero durante la dictadura; aprendiendo después de duras jornadas de trabajo en el campo.
Con 18 años se quedó huérfano y tuvo que llevar el mando de una casa, ayudar a su madre y hacer las veces de padre de su hermano que solo tenía 13 años. Si yo, con la edad que tengo, el dolor no me deja dormir por las noches, no quiero pensar qué debieron pasar ellos cuando tan jóvenes se vieron privados de su padre.
Trabajó duro, pero también supo disfrutar de la vida. Cuando se jubiló se reía por que decía que no entendía cómo la gente se deprimía al dejar de trabajar. Y a partir de ese momento no hubo un solo día en el que no hiciera planes. Cuidó de mi madre mientras estuvo enferma durante más de dos largos años, y supo salir airoso: al final cocinaba casi mejor que ella!. Cuando nacieron sus nietos, sus ojos se inundaron de lágrimas de alegría, y siempre estaba dispuesto a ir a buscarlas a la guardería o a llevarlas a la piscina o a quedarse con ellas cuando se ponían enfermas. Nunca tenía un no en la boca para su família, ni para un amigo o un vecino.
Este último verano conseguimos reunirnos las tres hermanas en su casa, en el pueblo. Estaba tan orgulloso de tener a sus tres hijas en su casa, con sus nietos trotando por el patio...
Antes de navidad había hecho un curso de informática y se sorprendía a si mismo cuando hablábamos sobre internet y todo ese mundo que se abrió ante sus ojos. Lo último que hizo fue clases de baile country! le encantaba bailar...
De mi tío, qué puedo decir. Era todo risa, le sacaba un chiste a todo, cuando aparecíamos por el pueblo, no tardaba en aparecer por casa a tomarse una cervecita en el patio, con su hermano. Se volvió al pueblo después de muchos años en Barcelona, pero volvió por que no le gustaba el ruído de la ciudad, quería olivos y campo, sentirse en su medio...
Solo espero que allá donde estén, sean felices, que estén tranquilos y sin sufrir.
In memoriam.